Mamá soñó con un pequeño local durante muchos años, o bueno eso aseguran mis hermanos y las amigas cercanas porque ella, Magdalena, dice que poco recuerda. Lo que si tiene bien claro y me lo ha repetido varias veces es que el nombre de ese pequeño local que abrió sus puertas en el 2005 iba a ser tan solo Amaranto. Allí, en la Cámara de Comercio de Chapinero, junto con Catherine Niño, buscaron una rápida solución ante el registro ya realizado del nombre esperado: Quinua y Amaranto, fue el nombre dado en un momento donde ninguna de las dos semillas contaba con la popularidad que ahora tienen.
Ni mi madre ni mi esposo que ahora hace parte también de esta historia ni yo pensamos nunca en replicar lo que sucede en es pequeño espacio en La Candelaria. Cuando alcanzábamos a dibujar la idea de abrir otro local sabíamos que tendría que llevar el aire, pero ser otra cosa, ser lo que ese espacio nuevo necesitara. Pero las vueltas del destino nos confrontan y, veinte años después, debemos pensar en la posibilidad de cambiar nuestro nombre.
¿Por qué? Porque estamos creando nuevos futuros.
También porque no nos interesa entrar a jugar una guerra legal de registros que ya de por si nos genera tantas preguntas.
Claro que hay tristeza de fondo, porque un nombre o mas bien la capacidad de nombrar le pertenece a lo humano, y tal como lo dice Walter Benjamin, al nombrar comunicamos nuestra propia entidad espiritual donde el lenguaje forma una unidad (con aquello que es nombrado) como si fueran fruto y cáscara. Y este fruto es de mi madre y de toda una red de personas que han estado desde la década de 1980 abriendo camino.
La cáscara es un nombre sí: Quinua y Amaranto es la cáscara con la que algunos nos reconocen, es un nombre que no nos permite establecer una nueva relación con el mundo porque son dos palabras que le pertenecen a Latinoamérica. Tampoco es un nombre que nos permita establecer una perspectiva propia que logre establecer una nueva experiencia —en Santiago de Chile hay un restaurante llamado Quinoa que nos morimos por conocer—, ni mucho menos es un nombre que nos permita generar una función trascendental que conecte el lenguaje humano con lo divino, porque realmente en estas tierras la quinua, quinoa, kinwa, suba, supha o mejor para nosotras seudomodernas el nombre científico chenopodium quinoa ya fue y sigue siendo un fruto sagrado sin importar la cáscara o manto del rey, como decía Benjamin, con el cual se decore.
Pero, era nuestro nombre, el nombre que le dio mi madre a aquel proyecto.
Era nuestro nombre.
Tras escribir esto, quizás el problema real no es el nombre, la pregunta verdadera es si estamos, desde nuestro hacer, rindiendo tributo verdadero a estos frutos, semillas sagradas.
Y mientras seguimos pensando cómo resolver este acertijo de robos, copias y registros, tenemos tiempo aun para seguir trabajando en el tributo verdadero, nuevas experiencias que nos permitan acercarnos al fruto de nuestro hacer.
